Defenderemos que existe, entre las cuestiones feministas,
una de primera importancia; el problema de la reproducción y, más
concretamente, sus derivaciones cuando la tecnología aparece e interviene. Es
en éste ámbito donde se han ido expresando, más o menos manifiestamente, las
ideologías racista y sexista que venían presentando los discursos de primera
mitad del XIX (entre otros, el discurso filosófico idealista con Hegel a la
cabeza). Autoras como María Mies demuestran que, en un momento muy concreto de
nuestra historia, se le da a estos impulsos racistas o sexistas una
fundamentación científica que legitime las políticas regulativas bajo la lógica
de la dominación. Este fundamento científico, que viene de la mano del movimiento eugenésico, se encontraría a
la base del desarrollo y aplicación de la tecnología de la reproducción.
Las inclinaciones sexistas en todas ellas son casi
evidentes, en el marco de las tecnologías de la reproducción a la mujer se le
arrebata su papel activo en relación a su misma capacidad de generar criaturas
para ser reducida a un objeto pasivo sujeto a la voluntad del expertx. En
ciertos casos incluso dentro del proceso de producción industrial manejado por
el mercado. Se le arrebata, además, su integridad como persona humana
indivisible en el momento en que sus partes pueden ser aisladas, examinadas, vendidas
o incluso desechadas. Sea quizá este el
momento para traer a colación una aportación, ya recogida por Merchant y otrxs
autorxs en este tipo de estudios, del padre fundador del método científico
moderno Francis Bacon: “En efecto, al
igual que la disposición de un hombre no se conoce bien o no se demuestra hasta
que se le contraría, y Proteo no cambió de forma hasta que fue reducido y atado, también la naturaleza se manifiesta con mayor nitidez cuando
es sometida a las pruebas y vejaciones del arte (artilugios mecánicos) que
cuando se la deja actuar libremente.”
Valgan como ejemplos de esta dominación sexista en el uso y
desarrollo de las tecnologías de la reproducción los abortos a gran escala de
fetos femeninos –detectables en el uso de la amniocentesis; prueba asequible
para las familias trabajadoras- que se producen normalmente en países como India y China donde el femicidio es la opción
más común frente a las políticas reguladoras de población impuestas
generalmente por gobiernos externos. También en los llamados países
tercermundistas donde no es extraño encontrar que las ayudas alimentarias
destinadas específicamente a mujeres en circunstancias difíciles es empleado
como medio de chantaje para obligarlas a pasar por un proceso de
esterilización.
Adrián Mata Pérez.
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